El último hombre
El último hombre Entre ellos se encontraban los futuros gobernantes de Inglaterra. Los hombres que, cuando nuestro ardor se hubiera enfriado y nuestros proyectos hubieran culminado o hubieran sido destruidos para siempre; cuando, representado ya nuestro drama, nos despojáramos del atuendo del momento y nos ataviáramos con el uniforme de la edad, o de la muerte igualadora; allà estarÃan los seres que debÃan seguir operando la vasta maquinaria de la sociedad; allà los amantes, los esposos, los padres; allà el señor, el polÃtico, el soldado. Algunos imaginaban que ya estaban listos para salir a escena, impacientes por participar del dramatis personae de la vida activa. No hacÃa tanto que yo mismo habÃa sido uno de aquellos imberbes participantes; cuando mi hijo ocupara el lugar que ahora me correspondÃa a mÃ, yo ya serÃa un viejo arrugado de pelo cano. ¡Curioso sistema! ¡Asombroso enigma de la Esfinge! El hombre permanece, mientras que los individuos pasan. Asà funciona, por recurrir a las palabras de un escritor elocuente y filosófico, «el sistema de la existencia decretado para un cuerpo permanente compuesto de piezas transitorias en el que, según disposición de una sabidurÃa extraordinaria, que unifica la misteriosa variedad de la raza humana, el conjunto resultante no es, simultáneamente, nunca viejo, ni de mediana edad ni joven, sino que, en un estado de constancia inalterada, avanza a través del tenor variado de una permanente decadencia, caÃda, renovación y progreso».43