El último hombre
El último hombre Las circunstancias me habían llevado a Londres. Allí oí que a algunos hospitales de la ciudad habían acudido enfermos con síntomas de peste. Regresé a Windsor apesadumbrado. Accedí a Little Park, como era mi costumbre, por la puerta de Frogmore, camino del castillo. Gran parte de esas tierras se dedicaban ahora al cultivo, y aquí y allá surgían campos de patatas y maizales. Los grajos graznaban con estridencia sobre los árboles cercanos. Entre sus gritos agudos llegó a mí una música animada. Era el cumpleaños de Alfred. Los jóvenes, sus compañeros de Eton y los hijos de los nobles de las inmediaciones, habían organizado un simulacro de feria al que habían invitado a toda la vecindad, y el parque se veía salpicado de tenderetes de colores vivos flanqueados por banderas estrambóticas que ondeaban al sol y aportaban su nota festiva a la escena. Sobre una tarima instalada bajo la terraza bailaban algunos jóvenes. Me apoyé en un árbol y me dediqué a observarlos. La orquesta tocaba la animada aria orientalizante de Abon Hassan, de Weber. Sus volátiles notas daban alas a los pies de los danzantes, y quienes los observaban marcaban el ritmo sin percatarse de ello. En un primer momento me dejé arrastrar por la alegría y durante unos instantes mis ojos recorrieron la maraña de cuerpos en movimiento. Entonces una idea se clavó en mi corazón como el acero: «todos vais a morir -pensé-. Ya cavan vuestra tumba alrededor de vosotros. Por el momento, como contáis con los dones de la agilidad y la fuerza, imagináis que estáis vivos. Pero frágil es la «enramada de carne»46que aprisiona la vida; quebradiza la cadena de plata47que os une a ella. El alma feliz, que va de placer en placer montada en el agraciado mecanismo de unos miembros bien formados, sentirá de pronto que el eje cede, que la rueda y el muelle se disuelven en el polvo. Ni uno solo de vosotros -¡oh, desdichado grupo!- escapará. Ni uno solo. ¡Ni mi Idris ni sus hijos! ¡Horror y desgracia! La alegre danza concluyó de pronto, el prado verde quedó cubierto de cadáveres y el aire azul se impregnó de vapores fétidos y letales. ¡Resonad, clarines! ¡Atronad, agudas trompetas! Sumad un canto fúnebre a otro, tocad acordes lúgubres, que el aire reverbere con hórridos lamentos, que en las alas del viento viajen los aullidos discordantes. Ya me parece oírlos, mientras los ángeles de la guarda, que velan por la humanidad, se retiran veloces una vez cumplida su misión, su partida anunciada por sonidos melancólicos. Unos rostros llorosos más allá del decoro me obligaron a abrir los ojos; cada vez más aprisa, más rostros desencajados se congregaban a mi alrededor y exhibían todas las variedades del pesar, rostros conocidos que alternaban con otros distorsionados, producto de la fantasía. Con palidez cenicienta, Raymond y Perdita se hallaban sentados, alejados del resto, observándolo todo con una sonrisa triste. El semblante de Adrian pasaba entonces ante mí fugazmente, teñido de muerte. Idris, con los párpados lánguidamente cerrados, los labios lívidos, avanzaba, a punto de meterse en la ancha tumba. La confusión crecía. Las expresiones de tristeza se convertían en gestos de burla: movían la cabeza asintiendo al ritmo de la música, que subía de tono hasta resultar ensordecedora.