El último hombre

El último hombre

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Creí ser presa de la locura y, adelantándome para librarme de ella, me uní a la multitud. Idris se fijó en mí y vino a mi encuentro con paso leve. La estreché entre mis brazos sintiendo, al hacerlo, que en ellos sostenía lo que para mí era el mundo entero, pero que a la vez resultaba tan frágil como la gota de agua que el sol del mediodía ha de beberse en la copa de un nenúfar. A mi pesar sentí los ojos arrasados en lágrimas. La alegre bienvenida de mis hijos, el dulce saludo de Clara, el apretón de manos de Adrian... Todo se aliaba para desencajarme. Los sentía cerca, los sentía a salvo, y a la vez pensaba que todo aquello era un engaño: la tierra se movía bajo mis pies, los árboles se balanceaban a pesar de tener las raíces profundamente ancladas en el suelo. Me sentía tan mareado que me tendí sobre la hierba.

Mis seres queridos se alarmaron hasta tal punto que no me atreví a pronunciar la palabra «peste» que me asomaba ya a la punta de la lengua, por temor a que pensaran que mis síntomas se debían a ella y que mi desfallecimiento lo causaba la infección. Me había recuperado algo, y con forzada hilaridad había devuelto las sonrisas a mi reducido círculo, cuando vi que Ryland se aproximaba a mí.



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