El último hombre
El último hombre »Este país y mi adorada hermana son todo lo que tengo. Protegeré aquél; ésta queda a tu recaudo. Si yo sobrevivo y ella muere, preferiré estar muerto. De modo que cuídala; sé bien que lo harás. Y si necesitas de mayor acicate, piensa que, cuidándola, me cuidas a mí. Su naturaleza perfecta, la suma de sus perfecciones, se envuelve en sus afectos: si éstos se resintieran, se marchitaría como una florecilla seca, y el menor daño que sufran será para ella como una escarcha atroz. Ya ahora está sufriendo por nosotros. Teme por sus hijos, a los que adora, y por ti, padre, amado, esposo, protector. Tú debes permanecer junto a ella en todo momento para apoyarla y animarla. Regresa, pues, a Windsor, hermano mío, pues lo eres por todos los lazos. Llena el doble vacío que mi ausencia te impone y deja que yo, a pesar de mis sufrimientos, vuelva los ojos hacia vuestro delicioso lugar de reclusión y diga: «La paz existe».