El último hombre

El último hombre

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Una circunstancia menor me llevó a alterar mi ruta habitual y a regresar a casa atravesando Egham y Bishopgate. Me detuve junto a la antigua morada de Perdita, su casa de campo. Pedí al cochero que siguiera sin mí, decidido a recorrer a pie el parque que me separaba del castillo. Aquel lugar, escenario de los más dulces recuerdos, aquella casa desierta y el jardín abandonado, se compadecían bien con mi melancolía. En nuestros días más felices Perdita había decorado su morada con la ayuda que las artes podían prestar a todo aquello que la naturaleza propiciaba. Con el mismo espíritu de exceso, en el momento de separarse de Raymond lo descuidó todo. Y ahora se hallaba en estado de ruina: los ciervos habían pasado sobre las verjas rotas y reposaban entre las flores. La hierba crecía en el umbral y las celosías, que el viento hacía crujir, daban cuenta de la absoluta desolación del lugar. El cielo estaba muy azul y el aire se impregnaba de la fragancia de flores raras que crecían entre las malas hierbas. Los árboles se mecían, más arriba, despertando la melodía favorita de la naturaleza, pero el aspecto triste de los senderos descuidados, los arriates de flores cubiertos de maleza, ensombrecían aquella alegre escena estival. La época en la que, orgullosos, felices y seguros nos reuníamos en aquella casa, ya no existía, y pronto las horas presentes se unirían a las pasadas, mientras las sombras de los futuros momentos se erguirían, oscuras y amenazantes, desde las entrañas del tiempo, su cuna y su catafalco. Por primera vez en mi vida envidiaba el sueño de los muertos y pensaba con placer en el lecho que nos aguarda bajo la tierra, pues en él carecen de poder el miedo y el pesar. Me colé por un hueco de la verja rota, ignorando las lágrimas que me oprimían la garganta, y me interné deprisa en el bosque. ¡Oh, muerte y cambio, gobernantes de nuestra vida! ¿Dónde estáis, para ir a vuestro encuentro? ¿Qué, en nuestra calma, excitó vuestra envidia? ¿Qué, en nuestra dicha, para que os propusierais destruirla? Éramos felices, amábamos y éramos amados. El cuerno de Amaltea no contenía bendición que no derramara sobre nosotros, pero, ¡ay!


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