El último hombre

El último hombre

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Mi suerte ha sido, desde un buen principio, ejemplo del poder que la mutabilidad ejerce sobre el variado tenor de la vida de un hombre. En mi caso, ello me viene dado casi por herencia. Mi padre era uno de esos hombres sobre quienes la naturaleza derrama con gran prodigalidad los dones del ingenio y la imaginación para dejar luego que esos vientos empujen la barca de la vida, sin poner de timonel a la razón, ni al juicio de piloto de la travesía. La oscuridad envolvía sus orígenes. Las circunstancias lo arrastraron pronto a una vida pública, y no tardó en gastar el patrimonio paterno en el mundo de modas y lujos del que formaba parte. Durante los años irreflexivos de su juventud, los más distinguidos frívolos de su tiempo lo adoraban, lo mismo que el joven monarca, que escapaba de las intrigas de palacio y de los arduos deberes de su oficio real y hallaba constante diversión y esparcimiento del alma en su don de gentes. Los impulsos de mi padre, que jamás controlaba, lo metían siempre en unos aprietos de los que no era capaz de salir recurriendo sólo a su ingenio. Y así, la acumulación de deudas de honor y peculio, que hubieran supuesto el derrumbamiento de cualquiera, las sobrellevaba él con gran ligereza e implacable hilaridad; entretanto, su compañía había llegado a resultar tan imprescindible en las mesas y reuniones de los ricos que sus desmanes se consideraban veniales, y él mismo los recibía como embriagadores elogios.


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