El último hombre
El último hombre Esa clase de popularidad, como cualquier otra, resulta evanescente, y las dificultades de toda condición con que debía contender aumentaban en alarmante proporción comparadas con los escasos medios a su alcance para eludirlas. En aquellas ocasiones el rey, que profesaba gran entusiasmo por él, acudía a su rescate, y amablemente lo ponía bajo su protección. Mi padre prometía enmendarse, pero su disposición sociable, la avidez con que buscaba su ración diaria de admiración y, sobre todo, el vicio del juego, que lo poseía por completo, convertían en pasajeras sus buenas intenciones y en vanas sus promesas. Con la agudeza y la rapidez propias de su temperamento, percibió que su poder, en el círculo de los más brillantes, comenzaba a declinar. El rey se casó.
Y la altiva princesa de Austria, que como reina de Inglaterra pasó a convertirse en faro de las modas, veía con malos ojos sus defectos y con desagrado el aprecio que el rey le profesaba. Mi padre percibía que su caída se avecinaba, pero lejos de aprovechar esa calma final anterior a la tormenta para salvarse, se dedicaba a ignorar un mal anticipado realizando aún mayores sacrificios a la deidad del placer, árbitro engañoso y cruel de su destino.
