El último hombre
El último hombre El rey, que era hombre de excelentes aptitudes, pero fácilmente gobernable, pasó a convertirse en abnegado discípulo de su consorte y se vio inducido por ella a juzgar con extrema desaprobación primero, y con desagrado después, la imprudencia y las locuras de mi padre. Cierto es que su presencia disipaba los nubarrones. Su cálida franqueza, sus brillantes ocurrencias y sus complicidades lo hacían irresistible. Y sólo cuando, distante él, nuevos relatos de sus errores llegaban a oídos reales, volvía a perder su influencia. Los hábiles manejos de la reina sirvieron para dilatar aquellas ausencias y acumular acusaciones. Finalmente el rey llegó a ver en él una fuente de perpetua zozobra, pues sabía que habría de pagar con tediosas homilías el placer breve de su frecuentación, y que a él seguirían llegando los relatos dolorosos de unos excesos cuya veracidad no era capaz de refutar. Así, el soberano decidió concederle un último voto de confianza; si le fallaba, perdería su favor para siempre.