El último hombre

El último hombre

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La escena hubo de resultar de gran interés e intensamente apasionada. Un monarca poderoso, conocido por una bondad que hasta entonces le había llevado a mostrarse voluble, y después muy serio en sus admoniciones, alternando la súplica con la reprimenda, rogaba a su amigo que se ocupara de sus verdaderos intereses, que evitara resueltamente esas fascinaciones que, en realidad, desertaban de él con rapidez, y dedicara sus inmensos dones a cultivar algún campo digno, en el que él, su soberano, sería su apoyo, su sostén, su seguidor. Toda aquella bondad alcanzó a mi padre, y durante un momento ante él desfilaron sueños de ambición: pensó que sería bueno cambiar sus planes presentes por deberes más nobles. De modo que, con sinceridad y fervor, prometió lo que se le requería. Como prenda de aquel favor renovado, recibió de su señor real una suma de dinero para cancelar sus apremiantes deudas y comenzar su nueva vida bajo buenos auspicios. Aquella misma noche, todavía henchido de gratitud y buenos propósitos, perdió el doble de aquella suma en la mesa de juego. En su afán por recuperar las primeras pérdidas, realizó apuestas a doble o nada, con lo que incurrió en una deuda de honor que de ningún modo podía asumir. Demasiado avergonzado para recurrir de nuevo al rey, se alejó de Londres, de sus falsas delicias y sus miserias duraderas y, con la pobreza por única compañía, se enterró en la soledad de los montes y los lagos de Cumbria. Su ingenio, sus bon mots, el recuerdo de sus atractivos personales, perduraron largo tiempo en las memorias y se transmitían de boca en boca. Si se preguntaba dónde se hallaba aquel paladín de la moda, aquel compañero de los nobles, aquel haz de luz superior que brillaba con esplendor ultraterreno en las reuniones de los alegres cortesanos, la respuesta era que se encontraba bajo un nubarrón, que era un hombre extraviado. Nadie creía que le correspondiera prestarle un servicio a cambio del placer que él les había proporcionado, ni que su largo reinado de ingenio y brillantez mereciera una pensión tras su retiro. El rey lamentó su ausencia; le encantaba repetir sus frases, relatar las aventuras que habían vivido juntos, ensalzar sus talentos. Pero ahí concluía su tributo.


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