El último hombre
El último hombre Gritos de horror inundaron el lugar; todo el mundo trataba de escapar, y en cuestión de minutos el espacio destinado a mercado quedó desierto. El cadáver yacía en el suelo, y el visionario, sosegado y exhausto, se sentó junto a él y apoyó la mano en su mejilla hundida. Al poco aparecieron unos hombres, a quienes los magistrados habían encomendado la retirada del cadáver. El loco, creyendo que eran carceleros, huyó precipitadamente, mientras yo seguía mi camino en dirección al castillo.