El último hombre

El último hombre

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La muerte, cruel e implacable, había traspasado ya sus muros. Una vieja criada, que había cuidado a Idris de niña y vivía con nosotros más como familiar reverenciada que como doméstica, había acudido días antes a visitar a una hija casada que vivía en las inmediaciones de Londres. La noche de su regreso enfermó de peste. Idris había heredado algunos rasgos del carácter altivo e inflexible de la condesa de Windsor. Aquella buena mujer había sido para ella como una madre, y sus lagunas de educación y conocimiento, que la convertían en un ser humilde e indefenso, nos la hacían más querida y la favorita de los niños. Así, a mi llegada -y no exagero- encontré a mi amada esposa enloquecida por el miedo y la tristeza. Desesperada, no se separaba del lado de la enferma, a la que no tranquilizaba ver a los pequeños, pues temía infectarlos. Mi llegada fue como el avistamiento de la luz de un faro para unos navegantes que trataran de sortear un peligroso cabo. Idris compartió conmigo sus terribles dudas y, fiándose de mi juicio, se sintió confortada por mi participación en su dolor. Pero el aya no tardó en expirar, y a la angustia de mi amada por la incertidumbre le siguió un hondo pesar, que, aunque más doloroso al principio, sucumbía más fácilmente a mis intentos de consolarla. El sueño, bálsamo soberano, consiguió sumergir sus ojos llorosos en el olvido.



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