El último hombre

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Regresé de Londres imbuido de la sensación íntima, convencido, de que mi principal deber consistía en asegurar, en la medida de mis posibilidades, el bienestar de mi familia, y a continuación regresar a mi puesto, junto a Adrian. Pero los acontecimientos que se sucedieron tras mi llegada a Windsor me llevaron a cambiar de idea. La epidemia no sólo afectaba a Londres; se había extendido por todas partes. En palabras de Ryland, había llegado a nosotros como mil jaurías de lobos que aullaran en la noche invernal, acechadores y fieros. Cuando la enfermedad alcanzaba las zonas rurales sus efectos resultaban más graves, más devastadores, y la curación resultaba más difícil que en las ciudades. En éstas existía la compañía en el sufrimiento, los vecinos se vigilaban constantemente unos a otros e, inspirados por la benevolencia activa de Adrian, se socorrían y dificultaban el avance de la destrucción. Pero en el campo, entre las granjas dispersas, en las mansiones solitarias, en los prados y en los pajares, las tragedias causaban más dolor en el alma y se producían sin ser vistas ni oídas. La ayuda médica era más difícil de conseguir, así como los alimentos, y los seres humanos, no refrenados por la vergüenza, pues sus conciudadanos no los observaban, se entregaban en mayor medida a fechorías o sucumbían con mayor facilidad a abyectos temores.



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