El último hombre

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También se conocían actos heroicos, actos cuya sola mención llena de orgullo los corazones y de lágrimas los ojos. Así es la naturaleza humana: en ella la belleza y la deformidad suelen ir de la mano. Al estudiar historia nos asombra a menudo la generosidad y la entrega que avanzan siguiendo los talones del crimen y cubren con flores supremas las manchas de sangre. Tales actos no escaseaban a bordo del siniestro carro que tiraba de la plaga.

Los habitantes de Berkshire y Bucks sabían desde hacía tiempo que la epidemia había llegado a Londres, Liverpool, Bristol, Manchester, York y las ciudades más pobladas de Inglaterra. No se sorprendieron nada al tener conocimiento de que ya había hecho mella en ellos. En medio de aquel terror se sentían airados e impacientes. Deseaban hacer algo, lo que fuera, para alejar el mal que los acorralaba, pues en la acción creían que se hallaba el remedio; así, los habitantes de las ciudades más pequeñas dejaban sus hogares, montaban tiendas en los campos y vagaban separados sin importarles el hambre ni las inclemencias del tiempo, suponiendo que de ese modo evitarían el contagio mortal. Los granjeros y los dueños de las fincas, por el contrario, presas del miedo a la soledad y ansiosos por contar con ayuda médica, se dirigían a las ciudades.


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