El último hombre
El último hombre Pero el invierno se acercaba, y con él la esperanza. En agosto la epidemia se había detectado en la campiña inglesa, y en septiembre había causado sus estragos. Hacia mediados de octubre empezó a remitir, y en cierto modo se vio reemplazada por el tifus, que atacó con una virulencia apenas menor. El otoño se reveló cálido y lluvioso. Los enfermos y los más débiles murieron. Felices ellos: muchos jóvenes rebosantes de salud y de futuro palidecieron por culpa de la enfermedad y acabaron por convertirse en moradores de los sepulcros. La cosecha se había perdido y la poca calidad del maíz y la falta de vinos extranjeros facilitaban la proliferación del mal. Antes de Navidad la mitad de Inglaterra quedó bajo las aguas. Las tormentas del verano anterior se repitieron, aunque la disminución del transporte marítimo nos llevara a creer que las tempestades habían sido menos en el mar. Las inundaciones y los aguaceros causaron daños más graves en el continente europeo que en nuestro país, constituyendo el mazazo final a las calamidades que lo habían destruido. En Italia, los escasos campesinos no bastaban para vigilar los ríos, y como bestias que huyen de sus guaridas cuando se acercan los cazadores y sus perros, el Tíber, el Arno y el Po se abalanzaron sobre las llanuras, acabando con su fertilidad. Pueblos enteros fueron arrasados por las aguas. Roma, Florencia y Pisa se anegaron y sus palacios de mármol, antes reflejados en sus tranquilas aguas, vieron sus cimientos empapados con la crecida invernal. En Alemania y Rusia los daños fueron aún más graves.