El último hombre
El último hombre Adrian llevaba el alma pintada en el semblante, y el ocultamiento y el engaño se hallaban en los antípodas de la atrevida franqueza de su disposición. Evadne le pidió que no revelara a su madre el relato de sus amores y, tras cierta discusión, él se lo concedió. Mas la concesión fue en vano, pues su modo de proceder reveló el secreto a ojos de la reina. Con la cautela que la caracterizaba, no comentó nada sobre su descubrimiento, pero se apresuró a apartar a su hijo de la esfera de la bella griega. Lo envió a Cumbria. Con todo, lo que sí lograron ocultarle fue la intención, promovida por Evadne, de intercambiar correspondencia. Así, la ausencia de Adrian, concebida con la idea de separarlos, sirvió para estrechar más sus lazos. A mí me hablaba sin cesar de su amada jonia. Su país, sus antiguas hazañas, sus recientes luchas memorables, todo participaba de su gloria y excelencia. Él había aceptado separarse de ella, pues ella le había ordenado tal aceptación pero bajo su influencia del mismo modo hubiera proclamado su unión ante toda Inglaterra y hubiera resistido, con constancia inquebrantable, la oposición de su madre. La prudencia femenina de Evadne percibía la inutilidad de cualquier decisión que pudiera tomar Adrian, al menos hasta que algunos años más añadieran peso a su poder. Tal vez la acechara también cierto desagrado ante la idea de comprometerse con alguien a quien no amaba; a quien no amaba, al menos, con el entusiasmo apasionado que su corazón le decía que tal vez llegara a sentir por otro hombre. Él acató sus restricciones y aceptó pasar un año exiliado en Cumbria.