El último hombre

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Tras casi doce meses residiendo en Ullswater, Adrian se trasladó a Londres y regresó lleno de unos planes que habían de beneficiarnos. «Debes empezar a vivir -me dijo-: tienes diecisiete años, y retrasar más el momento sólo serviría para que el necesario aprendizaje te resultara más farragoso.» Anticipaba que su vida iba a ser una sucesión de luchas y deseaba que compartiera con él sus esfuerzos. A fin de prepararme mejor para la tarea, debíamos separarnos. Creía que mi nombre podría abrirme puertas, y me procuró el puesto de secretario del embajador en Viena, donde ingresaría en la carrera diplomática bajo los mejores auspicios. Transcurridos dos años, regresaría a mi país con un nombre labrado y una reputación sólida.

¿Y Perdita? Perdita se convertiría en pupila, amiga y hermana menor de Evadne. Con su tacto habitual, Adrian se había asegurado de que mi hermana mantuviera su independencia en tal situación. ¿Cómo rechazar los ofrecimientos de tan generoso amigo? Yo, al menos, no deseaba rechazarlos, y en mi corazón de corazones prometí dedicar mi vida, mis conocimientos y mi poder -si en algo valían, su valor era el que él les había concedido-, a él y sólo a él.



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