El último hombre
El último hombre ¡No! Si hemos de morir, permítasenos entonces disfrutar al máximo de lo que quede de nuestras vidas. ¡Aléjate, preocupación sórdida! Los trabajos domésticos, dolores leves en sí mismos, aunque gigantescos para nuestras fuerzas vencidas, no formarán parte de nuestras efímeras existencias. En el principio de los tiempos, cuando, como ahora, los hombres vivían en familias, y no en tribus o naciones, habitaban en climas propicios, donde no era menester arar la tierra para que ésta diera frutos, y el aire balsámico envolvía sus miembros reposados con un calor más placentero que el de los lechos de plumas. En el sur se encuentra la tierra natal de la raza humana, la tierra de los frutos, más generosa con el hombre que la más parca Ceres del norte; la tierra de árboles cuyas ramas son como tejados palaciegos, de lechos de rosas y de la viña que la sed aplaca. Allí no hay que temer el frío ni el hambre.