El último hombre

El último hombre

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Espoleados por la tormenta, que arreciaba, nosotros habíamos apresurado nuestro regreso. Adrian llevaba a la pequeña en su caballo, montada delante de él. Al llegar descubrimos a una multitud de personas congregada bajo el pórtico, y por sus gestos deduje instintivamente que había sucedido alguna nueva desgracia. Alarmado, rápido, temeroso de preguntar nada, desmonté de un salto. Los presentes me vieron, me reconocieron al momento y en tenso silencio se apartaron para cederme el paso. Yo le arrebaté una lámpara a alguien y corrí escaleras arriba. Oí entonces un gemido, y sin pensar abrí la primera puerta que apareció ante mí. La oscuridad era intensa, pero al entrar un olor maligno asaltó mis sentidos y me provocó unas náuseas y un malestar que se abrió paso hasta mi corazón. Sentí que alguien me agarraba la pierna y emitía otro gemido. Bajé la lámpara y vi a un negro semidesnudo, consumido por la enfermedad, aferrándose a mí entre convulsiones. Con una mezcla de horror e impaciencia, al tratar de soltarme caí sobre el enfermo, que en ese instante me rodeó con sus brazos desnudos y purulentos. Su rostro se hallaba casi pegado al mío, y su aliento, cargado de muerte, penetraba en mis pulmones. Por un momento me sentí desfallecer, presa de las náuseas. Pero al punto recobré la capacidad de reacción y me incorporé de un salto, apartando de mí al pobre infeliz. Abandoné la habitación, subí a toda prisa por la escalera y entré en la cámara que generalmente ocupaba mi familia. Una luz muy tenue me mostró a Alfred tendido en un sofá; Clara, temblorosa y más blanca que la nieve, lo mantenía incorporado, pasándole el brazo por la espalda, y acercaba un vaso de agua a sus labios. Vi con claridad que en aquel cuerpo arruinado no habitaba el menor hálito de vida, que su expresión era rígida, sus ojos opacos, y que su cabeza colgaba hacia atrás, inerte. Lo cogí en mis brazos y lo tendí suavemente en la cama. Besé su boca fría, pequeña, y empecé a susurrarle cosas en vano, porque ni el estallido atronador de un cañonazo habría alcanzado su morada inmaterial.


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