El último hombre
El último hombre Llegamos a casa y la ayudé a descabalgar. La subí a la primera planta y le pedí a Clara que le cambiara las ropas empapadas. Brevemente le aseguré a Adrian que nos encontrábamos bien y le pedí que nos dejara reposar. Como el avaro que con manos temblorosas cuenta su dinero una y otra vez, yo también atesoraba todos los momentos pasados con Idris y lamentaba los que había vivido sin su compañía. Regresé deprisa a la cámara donde reposaba la vida de mi vida, pero antes de entrar en ella me detuve unos segundos y traté de examinar mi estado: la enfermedad y los temblores se apoderaban de mí. Me pesaba la cabeza, sentía una opresión en el pecho y me flaqueaban las piernas. Con todo, desdeñé los síntomas de mi mal, que crecían por momentos, y me reuní con Idris con ánimo sereno e incluso alegre. La hallé tendida en un sofá. Tras cerrar la puerta para evitar que pudieran interrumpirnos, me senté a su lado, nos abrazamos, y nuestros labios se fundieron en un beso largo que nos dejó sin aliento. Ojalá aquél hubiera sido mi último momento.
El sentimiento maternal despertó entonces en el pecho de mi pobre niña.
-¿Y Alfred? -me preguntó entonces.