El último hombre
El último hombre Cabalgué bajo la lluvia, a oscuras, a través de la madeja de calles desiertas de Londres. Mi hijo muerto en casa, las semillas de mi enfermedad mortal habían echado raíces en mi pecho. Iba en busca de Idris, mi adorada, que vagaba sola mientras las aguas frías descendían del cielo como cataratas, empapaban su cabeza y sus hermosos miembros se agarrotaban de frío. Al pasar junto una casa al galope, distinguí a una mujer de pie bajo un portal, que me llamaba. No era Idris, de modo que no me detuve, hasta que una suerte de segunda visión, un reflejo de lo que había visto apenas marcado en mis sentidos, me llevó a convencerme de que otra figura, delgada, esbelta, alta, se aferraba a la persona que la sostenía. En cuestión de segundos ya me hallaba junto a la suplicante, en cuestión de segundos recibía en mis brazos el cuerpo agonizante de Idris. La levanté y la tendí sobre el caballo. Le faltaban fuerzas para sostenerse por sí misma, de modo que monté detrás de ella, la apreté con fuerza contra mi pecho y la envolví con mi capa, mientras la mujer que la había auxiliado (su rostro, aunque cambiado, me era conocido, y resultó no ser otra que Juliet, la hija del duque de L...) no habría podido, en aquel momento de horror, despertar en mí más que una fugaz mirada de compasión. Tomó las riendas de mi montura y nos condujo a casa. ¿Me atreveré a decirlo? Aquel fue mi último momento de felicidad; pero sí, era feliz. Idris debía morir, pues su corazón estaba destrozado. Yo debía morir, pues me había infectado con la peste. La tierra era un escenario desolado; la esperanza, una locura; la vida se había casado con la muerte y ahora eran una sola cosa. Pero, mientras sostenía entre mis brazos a mi agonizante amor, sintiendo que yo mismo no tardaría en morir, me deleitaba en la sensación de poseerla una vez más. La besé una y otra vez y la acerqué mucho a mi corazón.