El último hombre
El último hombre -Hemos sido felices juntos, al menos -dije yo-. Ninguna desgracia futura podrá privarnos de nuestro pasado. Llevamos muchos años siendo sinceros, desde que mi dulce princesa enamorada llegó bajo la nieve hasta la humilde granja del heredero pobre y arruinado de Verney. Incluso ahora, cuando la eternidad se extiende ante nosotros, extraemos nuestras esperanzas sólo de la presencia del otro. Idris, ¿crees que cuando muramos nos separaremos?
-¡Morir! ¡Cuando muramos! ¿Qué pretendes decir? ¿Qué secreto se me oculta tras esas temibles palabras?
-¿Acaso no hemos de morir todos, amada mía? -le pregunté, esbozando una sonrisa triste.
-¡Dios Santo! ¿Estás enfermo, Lionel, que hablas de la muerte? Mi único amigo, corazón de mi corazón, ¡habla!
-No creo -respondí yo- que a ninguno de los dos nos quede mucho por vivir. Y cuando caiga el telón de esta escena mortal, ¿crees que volveremos a encontrarnos?
Mi tono despreocupado y mi aspecto serenaron a Idris, que respondió: