El último hombre
El último hombre -Es cierto que me encuentro enfermo -dije-, y que tu compañía es mi única medicina. Ven y siéntate a mi lado.
Ella me pidió que me tendiera en el sofá y, acercando a él una otomana baja, se sentó muy cerca de mi almohada. Tomó entre sus manos frías las mías, que ardían. Aplacó mi desasosiego febril y me dejó hablar, y me habló de asuntos extraños para dos seres que observaban y veían el fin de lo que habían amado en el mundo. Hablamos de épocas pasadas. Del feliz periodo de nuestro amor primero. De Raymond, Perdita y Evadne. Hablamos de lo que sería de aquella tierra desierta si, salvándose sólo dos o tres personas, llegaba a repoblarse lentamente. Hablamos de lo que había más allá de la tumba. Y como el ser humano, con su forma humana, se hallaba prácticamente extinguido, sentíamos con la certeza de la fe que otros espíritus, otras mentes, otros seres perceptivos, invisibles a nuestros ojos, deberían poblar con sus ideas y su amor este universo hermoso e imperecedero.