El último hombre

El último hombre

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Más pálida que el mármol, los labios blancos, el gesto desencajado, Idris cobró conciencia de mi situación. Sin levantarme, le rodeé la cintura con un brazo y ella sintió la fiebre en la palma de mi mano y en el corazón que ésta apretaba.

-Un momento -susurró en voz muy baja, tanto que apenas la oía-. Sólo un momento...

Se arrodilló y, ocultando el rostro entre las manos, pronunció una oración breve pero sincera, rogó a Dios que le diera fuerzas para cumplir con su deber, para cuidarme hasta el final. Mientras hubo esperanzas, la agonía había sido insoportable. Pero ahora todo había terminado. Sus sentimientos se tornaron solemnes y sosegados. Como Epicaris, imperturbable y firme al ser sometida a los instrumentos de la tortura, así Idris, reprimiendo todo suspiro y señal de dolor, se dispuso a recibir sus tormentos, de los que son símbolos el potro y la rueda.

Me sentí cambiar. La cuerda firme que me oprimía con tanta dureza se aflojó apenas Idris participó de mi conocimiento de nuestra verdadera situación. Las ondas alteradas de mi mente se amansaron y quedó sólo la intensa corriente que seguía avanzando, suprimida ya toda manifestación de sus molestias, hasta que rompiera en la costa remota hacia la que me dirigía apresuradamente.


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