El último hombre
El último hombre -Tus comentarios son como tú misma, mi amor -observé yo-. Dulces y bondadosos. Atesoremos esa creencia y apartemos la angustia de nuestras mentes. Pero, amada mía, hemos sido formados de tal modo (y no existe el pecado, si Dios creó nuestra naturaleza para que se plegara a sus órdenes), hemos sido formados de tal modo que debemos amar la vida y aferrarnos a ella. Debemos amar la sonrisa viva, la caricia amiga, la voz emocionada, que son características de nuestro engranaje mortal. No descuidemos el presente por la seguridad del más allá. Este momento, por corto que sea, forma parte de la eternidad y es su mejor parte, pues es nuestro, inalienablemente. Tú, esperanza de mi futuro, eres mi dicha presente. Déjame entonces que te mire a los ojos, a tus hermosos ojos, y leyendo el amor en ellos, beba hasta embriagarme el placer que me causan.
Tímidamente, pues mi vehemencia la asustaba un poco, Idris me miró. Yo tenía los ojos inyectados en sangre, algo hinchados. Sentí que todas las arterias de mi cuerpo latían audiblemente, que todos y cada uno de mis músculos se agitaban, que mis nervios se estremecían. Su expresión de espanto me indicó que ya no podía mantener mi secreto oculto por más tiempo.
-Así es, amada mía -le dije-, ha llegado la última de muchas horas felices y ya no podemos ignorar por más tiempo el destino inevitable. No viviré mucho más, pero una y otra vez te digo que este momento es nuestro.