El último hombre
El último hombre Idris se movió y despertó. Pero, ¡ay!, despertó a la desgracia. Vio las señales de la enfermedad en mi rostro y se preguntó cómo había permitido que pasara la larga noche sin procurarme, no ya cura, pues la cura era imposible, sino alivio a mis sufrimientos. Llamó a Adrian y al poco el sofá se vio rodeado de amigos y asistentes, y de los medicamentos que se juzgó adecuado administrarme. Era característica distintiva y terrible de aquella epidemia que nadie a quien hubiera atacado se había recuperado jamás. El primer síntoma de la enfermedad era, pues, la sentencia de muerte, que en ningún caso había venido seguida del perdón o el indulto. Así, ni un atisbo de esperanza iluminaba los rostros de mis amigos.
Mientras, la fiebre me causaba sopor y fuertes dolores, se posaba con el peso del plomo sobre mis miembros y agitaba mi pecho. Yo me mostraba insensible a todo salvo a mi dolor, y al final ni ante él reaccionaba. A la cuarta mañana desperté como de un sueño sin sueños. Sólo sentía una sed irritante, y cuando trataba de hablar o moverme las fuerzas me abandonaban por completo.