El último hombre

El último hombre

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Durante tres días con sus noches Idris no se había movido de mi lado. Ella velaba por todas mis necesidades y no dormía ni descansaba. Así, ni siquiera trataba de extraer información de la expresión del médico ni de escrutar mi rostro en busca de síntomas de restablecimiento, pues sus cinco sentidos se concentraban en cuidar de mí hasta el final, y entonces tenderse a mi lado y dejarse morir. Al llegar la tercera noche toda animación cesó en mí, y al ojo y al tacto se diría que había muerto. Con emotivas súplicas Adrian trató de alejar de mi lado a Idris. Apeló a todo lo apelable, al bienestar de su hijo, al suyo propio. Pero ella negaba con la cabeza y se secaba una lágrima furtiva que resbalaba por su mejilla. No cedía. Su intención era que le permitieran pasar esa noche velándome, sólo esa noche, y lo pidió con tal convicción y tristeza que logró su propósito. Así, permaneció sentada, inmóvil, salvo cuando, azuzada por algún recuerdo intolerable, me besaba los ojos cerrados y los pálidos labios y se acercaba mis manos agarrotadas al corazón.






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