El último hombre

El último hombre

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En plena noche, cuando, a pesar de ser invierno, el gallo cantó a las tres de la madrugada, heraldo que anunciaba la llegada del amanecer, mientras ella se inclinaba sobre mí y me lloraba en silencio, y pensaba con amargura en la pérdida de todo el amor que, por ella, yo había albergado en mi corazón -su pelo despeinado sobre el rostro, los largos tirabuzones sobre el lecho-, Idris sintió que un rizo se le movía apenas, que sus cabellos se mecían como movidos por un soplo de aire. «No puede ser -pensó-, pues él ya jamás volverá a respirar.» Pero el hecho se repitió en diversas ocasiones y, aunque ella no dejaba de hacerse la misma reflexión, en un momento un mechón se retiró con fuerza, y ella creyó ver que mi pecho ascendía y descendía. Su primera emoción fue de gran temor, y el sudor perló su frente. Abrí entonces los ojos y, segura ya, Idris habría exclamado «¡Está vivo!». Pero las palabras se ahogaron en un espasmo y cayó al suelo emitiendo un gemido.








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