El último hombre

El último hombre

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Adrian se encontraba en la estancia. Tras largas horas de vigilancia, el sueño lo había vencido. Despertó sobresaltado y observó a su hermana, inconsciente en el suelo, manchada por el hilo de sangre que le brotaba de la boca. En cierta medida los signos de vida que, cada vez con más fuerza, presentaba yo, podían explicar su estado. La sorpresa, el estallido de alegría, la conmoción de todo sentimiento, habían tensado en exceso su cuerpo frágil, agotado tras largos meses de preocupaciones, zarandeado al fin por toda clase de desgracias y trabajos. Y ahora corría un peligro mucho mayor que el mío, pues los muelles y los engranajes de mi vida habían vuelto a ponerse en marcha y recobraban su elasticidad tras la breve suspensión. Durante largo tiempo nadie creyó que yo fuera a seguir viviendo. Mientras había durado el reinado de la peste en la tierra, ni una sola persona atacada por la letal enfermedad se había recuperado. Así, mi restablecimiento se veía como un engaño. En todo momento se esperaba que los síntomas malignos retornaran con virulencia redoblada. Pero finalmente la confirmación de la convalecencia, la ausencia total de fiebre o dolor y el incremento de mis fuerzas trajeron la convicción gradual de que, en efecto, me había curado de la peste.




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