El último hombre
El último hombre La convalecencia de Idris era más problemática. Cuando a mí me atacó la enfermedad sus mejillas ya se veían hundidas y su cuerpo muy desmejorado. Pero ahora el recipiente, roto por los efectos de una agitación extrema, no se había recuperado del todo, y era como un canal que gota a gota drenaba de ella el torrente saludable que vivificaba su corazón. Sus ojos apagados y su semblante ajado le conferían un aspecto fantasmal; sus pómulos, su frente despejada, la prominencia excesiva de la boca, infundían temor. Todos los huesos de su anatomía se mostraban bajo la piel y las manos colgaban, inertes. Las articulaciones se marcaban en exceso y la luz penetraba en ellas cada vez más. Resultaba extraño que la vida pudiera alojarse en un cuerpo que se mostraba desgastado hasta tal punto que se asemejaba mucho más a una forma de muerte.