El último hombre

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La esperanza, entre otras bendiciones, tampoco me era ajena, y confiaba sinceramente en que mis infatigables atenciones me devolverían a mi adorada niña, por lo que aguardaba impaciente a que culminaran los preparativos. Según nuestro primer plan, debíamos haber abandonado Londres el 25 de noviembre. Para su cumplimiento, dos tercios de nuestra gente -la gente, toda la que quedaba en Inglaterra- había partido ya y llevaba varias semanas en París. Mi enfermedad primero, y después la de Idris, había retenido a Adrian y su división, formada por trescientas personas, de modo que nosotros partimos el primer día de enero de 2098. Era mi deseo mantener a Idris lo más alejada posible del ajetreo y el clamor de la multitud, ocultarle las visiones que pudieran obligarla a recordar cuál era nuestra situación real. Tuvimos que separarnos en gran medida de Adrian, obligado a dedicar todo su tiempo a los asuntos públicos. La condesa de Windsor viajaba con su hijo. Clara, Evelyn y una mujer que hacía las veces de asistenta eran las únicas personas con las que manteníamos contacto. Ocupábamos un espacioso carruaje y nuestra sirvienta oficiaba de cochera. Un grupo formado por unas veinte personas nos precedía a escasa distancia. Eran los encargados de buscar y preparar los lugares donde debíamos pasar la noche. Habían sido seleccionados entre gran número de personas que se habían ofrecido para desempeñar la misma tarea en virtud de la sagacidad del hombre que ejercía de guía de la expedición.


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