El último hombre
El último hombre Inmediatamente después de nuestra partida constaté con gran alegría que en Idris se operaba cierto cambio, que esperaba que constituyera un augurio de mejores resultados. Toda la buena disposición y la amabilidad que formaban parte de su naturaleza revivieron en ella. Su debilidad era extrema, y aquella alteración se mostraba más en miradas y tonos de voz que en actos. Pero era permanente y verdadera. Mi curación de la peste y la confirmación de mi salud infundían en ella la creencia firme de que, a partir de ese momento, se vería libre del temible enemigo. Me dijo que albergaba una absoluta seguridad en su propia curación, que tenía el presentimiento de que la marea de calamidades que había inundado nuestra raza infeliz comenzaba a descender. Que quienes habían conservado la vida sobrevivirían, entre ellos los objetos amados de sus tiernos afectos. Y que en algún lugar viviríamos todos juntos, en feliz compañía.