El último hombre

El último hombre

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Sus palabras sólo me convencieron a medias. No creía que el acelerado fluir de la sangre por sus venas fuera un signo de salud ni que sus mejillas encendidas denotaran restablecimiento. Pero no sentía temor ante una catástrofe inminente. Es más, me convencí a mí mismo de que acabaría por recuperarse. Y así, la alegría reinaba en nuestro círculo cerrado. Idris conversaba animadamente sobre mil temas. Su principal deseo era que mantuviéramos la mente alejada de recuerdos melancólicos, de manera que invocaba imágenes encantadoras de una soledad tranquila, de un retiro hermoso, de los modos sencillos de nuestra pequeña tribu y de la hermandad patriarcal del amor, que sobreviviría a las ruinas de las naciones populosas que habían existido hasta fechas recientes. Manteníamos el presente alejado de nuestros pensamiento y apartábamos los ojos de los lúgubres paisajes por los que transitábamos. El invierno, tenebroso, se enseñoreaba de todo. Los árboles desnudos se recortaban, inmóviles, contra el cielo gris. Las formas de la escarcha, que imitaban el follaje estival, salpicaban el suelo. En los senderos crecía la vegetación y la maleza se apoderaba de los maizales abandonados. Las ovejas se agrupaban a las puertas de las granjas los bueyes asomaban su cornamenta por las ventanas. El viento era gélido y las frecuentes tormentas de aguanieve añadían melancolía al aspecto invernal.


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