El último hombre

El último hombre

CAPÍTULO IV

Nuestro escolta se había adelantado para completar los preparativos que nos permitirían pasar la noche en la posada que había junto a la pendiente del castillo. No visitaríamos, siquiera brevemente, los salones familiares y las estancias de nuestro hogar. Habíamos abandonado para siempre los claros de Windsor y todos los arbustos, los setos floridos y los arroyos cantarines que modelaban y fortalecían el amor que sentíamos por nuestro país, así como el afecto casi supersticioso que profesábamos a nuestra Inglaterra natal. Nuestra intención era, originalmente, dormir en la posada de Lucy, en Datchet, y tranquilizarla con promesas de ayuda y protección antes de retirarnos a nuestros aposentos a pasar la noche. Pero ahora, al abandonar la condesa y yo la pronunciada pendiente del castillo, vimos a los niños, que acababan de detener su caravana y se hallaban junto a la puerta de la posada. Habían pasado por Datchet sin detenerse. Yo temía el momento de encontrarme con ellos y tener que relatarles mi trágica historia, de modo que, al verlos ocupados en las operaciones de la llegada, los abandoné apresuradamente y, abriéndome paso entre la nieve y el cortante aire iluminado por la luna, avancé todo lo deprisa que pude por el camino de Datchet, que tan familiar me resultaba.


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