El último hombre

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En efecto, todas las casas se alzaban en su lugar acostumbrado, todos los árboles mantenían el aspecto de siempre. La costumbre había grabado en mi memoria todos los recodos y los objetos del trayecto. A poca distancia, más allá del Pequeño Parque, se erguía un olmo casi abatido por una tormenta hacía unos diez años. Y sin embargo, con sus ramas cargadas de nieve se extendía sobre todo el sendero, que serpenteaba a través de un prado, junto a un arroyo poco profundo que la escarcha amordazaba. Aquella linde, aquella verja blanca, aquel roble hueco, que sin duda en otro tiempo perteneció al bosque y que ahora silbaba a la luz de la luna; y al que, por su forma caprichosa, que al atardecer se asemejaba a una figura humana, los niños habían bautizado Falstaff; todos aquellos objetos me resultaban tan conocidos como la chimenea helada de mi hogar desierto, y así como una pared cubierta de musgo y un terreno de bosque cultivado parecen, a ojos inexpertos, idénticos como corderos gemelos, así a mis ojos surgían las diferencias, las distinciones, los nombres. Inglaterra perduraba, aunque se hubiera perdido. Lo que yo contemplaba era el fantasma de una Inglaterra alegre, a la sombra de cuyo follaje se habían cobijado seguras y alegres generación tras generación. Al doloroso reconocimiento de aquellos lugares se añadía una sensación experimentada por todos y comprendida por nadie, algo así como que en cierto estado menos visionario que un sueño, en alguna existencia pasada, real, yo ya hubiera visto todo lo que veía, y que al verlo hubiera sentido lo mismo; como si todas mis sensaciones fueran un espejo que reflejara una revelación anterior. Para liberarme de aquella sensación opresiva traté de detectar algún cambio en aquel tranquilo lugar. Y, en efecto, mi ánimo mejoró cuando me vi obligado a prestar más atención a los objetos que me causaban dolor.


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