El último hombre

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Llegué a Datchet, a la humilde morada de Lucy, otrora bulliciosa los sábados, o limpia y ordenada los domingos por la mañana, testigo de los trabajos y la pulcritud de su dueña. La nieve ocultaba a medias el umbral, como si la puerta llevara bastantes días sin abrirse. «¿Qué escena de muerte debía representar ahora Roscius?»,78murmuré para mis adentros al contemplar las ventanas oscuras. En un primer momento me pareció distinguir luz en una de ellas, pero resultó ser sólo el reflejo de la luna en un cristal. El único sonido era el de las ramas de los árboles agitadas por un viento que sacudía de ellas la nieve acumulada. La luna surcaba libre y despejada el éter interminable y la sombra de la casa se proyectaba en el jardín trasero. Entré en él por una abertura y examiné todas las ventanas. Al fin vislumbré un rayo de luz que apenas se filtraba por un postigo cerrado, en una de las habitaciones de la planta superior. Acercarse a una casa y constatar que en ella vivían las mismas personas que antes era toda una novedad. La puerta de entrada no estaba cerrada con llave, de modo que la abrí, entré y ascendí por la escalera iluminada por la luna. La puerta de la habitación de la que provenía la luz estaba entornada, lo que me permitió ver a Lucy trabajando a una mesa sobre la que reposaba un quinqué y diversos objetos de costura. Pero tenía la mano apoyada en el regazo y sus ojos, clavados en el suelo, indicaban que su mente vagaba lejos de allí. La preocupación y el sufrimiento, visibles en su rostro, le restaban parte de su atractivo, pero la sencillez de su vestido y su tocado, su actitud reservada y la única vela que proyectaba luz sobre ella, confirieron por un momento una imagen pintoresca al conjunto. Una realidad temible se impuso a mi pensamiento: sobre la cama yacía una figura cubierta con una sábana. Su madre estaba muerta, y Lucy, separada del mundo, abandonada y sola, velaba el cadáver en la noche cerrada. Entré en el cuarto y mi inesperada aparición provocó un grito de espanto en la única superviviente de una nación difunta. Mas no tardó en reconocerme y se compuso al momento, acostumbrada como estaba a ejercer el control sobre sí misma.


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