El último hombre
El último hombre -¿No me esperaba? -le pregunté con la voz queda que la presencia de los muertos nos hace adoptar de manera instintiva.
-Es usted muy bueno -respondió ella- por haber venido personalmente. Jamás podré agradecérselo lo bastante. Pero es demasiado tarde.
-¿Demasiado tarde? -exclamé yo-. ¿Qué quiere decir? No es demasiado tarde para sacarla de este lugar desierto, para llevarla a...
Mi propia pérdida, que había olvidado mientras me dirigía a ella, me obligó a volverme para que no me viera; las lágrimas me impedían hablar. Abrí la ventana y observé el círculo menguante, fantasmal, tembloroso, en lo alto del cielo, y la tierra helada y blanca que se extendía debajo. ¿Vagaba el espíritu de la dulce Idris por el aire cristalizado de luna? No. Seguro que su morada sería más apacible y hermosa.