El último hombre
El último hombre Me sumí unos instantes en aquella meditaciones y volví a dirigirme a Lucy, que se había acercado a la cama e, inclinada sobre ella, adoptaba una expresión de desolación resignada, de tristeza absoluta con la que parecía conformarse, lo que resulta siempre más conmovedor que las muestras desbocadas de dolor y las exageradas gesticulaciones de la pena. Mi deseo era alejarla de allí, pero ella se oponía a mi deseo. Las personas cuya imaginación y sensibilidad nunca se han apartado del estrecho círculo que se presenta ante ellas, si es que poseen esas cualidades en alguna medida, poseen la capacidad de ejercer su influencia en las mismas realidades que parecen destruirlas y de aferrarse a ellas con tenacidad doble, al no ser capaces de concebir nada más allá. Así, Lucy, sola en Inglaterra, en un mundo muerto, deseaba llevar a cabo las ceremonias fúnebres habituales en las zonas rurales inglesas cuando la muerte era una visita escasa y nos dejaba tiempo para recibir su temible usurpación con pompa y circunstancia, avanzando en procesión para entregarle en mano las llaves de las tumbas. Con algunos de aquellos ritos ya había cumplido, a pesar de hallarse sola, y la labor en que la descubrí inmersa a mi llegada no era sino la confección del sudario de su madre. Se me encogió el corazón ante aquel lúgubre detalle, que las mujeres soportan algo mejor, pero que al espíritu de los hombres resulta más doloroso que el más feroz de los combates o que los zarpazos de una agonía intensa pero pasajera.