El último hombre
El último hombre La anciana condesa de Windsor había descendido desde su sueño de poder, rango y grandeza y, repentinamente, había abrazado la convicción de que el amor era lo único bueno de la vida, y la virtud la única distinción noble, el único bien valioso. Aquella lección la había aprendido de los labios muertos de la hija a la que había abandonado, y ahora, con la fiera intensidad de su carácter, se dedicaba en cuerpo y alma a obtener el amor de los miembros vivos de su familia. En los primeros años de su vida, el corazón de Adrian se había mostrado gélido con ella. Y aunque le demostraba el debido respeto, la frialdad de su madre, combinada con el recuerdo de la decepción y la locura, le habían llevado a sentir incluso dolor en su presencia. Era consciente de ello y, decidida como estaba a obtener su afecto, aquel obstáculo no hacía sino alimentar en mayor medida sus pretensiones. Así como Enrique, emperador de Alemania,82se tendió sobre la nieve, frente a la puerta del papa León, durante tres días y tres noches, así ella también aguardó con humildad ante las barreras heladas de su corazón cerrado a que él, servidor del amor, príncipe de tierna cortesía, las abriera y le permitiera su entrada y le rindiera, con fervor y gratitud, el tributo del afecto filial que ella merecía. Su inteligencia, coraje y presencia de ánimo se convirtieron en poderosas ayudas para él en la difícil tarea de gobernar a la muchedumbre desobediente, sujeta a su control de manera extremadamente precaria.