El último hombre
El último hombre Mi momento más preciado de paz se producía cuando, liberado de la obligación de relacionarme con los demás, reposaba en los aposentos ocupados por mis hijos. Recurro al plural, pues eran las más tiernas emociones de la paternidad las que me unían a Clara, que había cumplido ya catorce años. La pena, y una comprensión profunda de lo que sucedía a su alrededor, aplacaban el espíritu inquieto de su juventud, y el recuerdo de su padre, al que idolatraba, así como el respeto que sentía por Adrian y por mí, imbuía su joven corazón de un gran sentido de la responsabilidad. Mas, aunque seria, no era una muchacha triste. El deseo impaciente que nos hace a todos, cuando somos jóvenes, ahuecar las alas y estirar los cuellos, para alcanzar más deprisa la madurez, se veía en ella tamizado por sus precoces experiencias. Si, tras entregarse al recuerdo amado de sus padres y dedicarse al cuidado de sus familiares vivos, le sobraba algo de dedicación, se la entregaba a la religión, que era la ley oculta que gobernaba su alma, pues la escondía con reserva infantil y la atesoraba más por ser secreta. ¿Qué fe hay más entera, qué caridad más pura, qué esperanza más ferviente que las de la primera juventud? Y ella, toda amor, ternura y confianza; ella, que desde la infancia había sido arrojada al mar bravío de la pasión y la desgracia, veía la mano de la aparente divinidad en todo, y su mayor esperanza era hacerse digna del poder que veneraba. Evelyn, por su parte, sólo tenía cinco años. Su corazón contento no conocía la tristeza y animaba nuestra casa con la alegría propia de su edad.