El último hombre

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El palacio y la localidad de Versalles nos permitían a todos un alojamiento espacioso, y grupos de avituallamiento se turnaban para satisfacer nuestras necesidades. Entre los últimos de nuestra raza se vivían situaciones de lo más variopintas, raras e incluso escandalosas. En un principio yo las comparaba con las de una colonia que, trasladada a ultramar, empezara a echar raíces en un país nuevo. Pero ¿dónde estaban el bullicio y la industria propios de aquellas concentraciones humanas? ¿Las viviendas construidas de cualquier modo, provisionales, que cumplían su función hasta que se construyeran moradas más cómodas? ¿El deslinde de los campos? ¿Los intentos de cultivarlos? ¿La impaciente curiosidad por descubrir plantas y animales desconocidos? ¿Las expediciones emprendidas con el fin de explorar el nuevo territorio? Nuestra vivienda era regia; nuestros alimentos se almacenaban en los graneros; no había necesidad de trabajar, ni la menor curiosidad, ni el deseo de seguir avanzando. Si nos hubieran asegurado que todos los supervivientes seguiríamos con vida, habría existido mayor vivacidad y esperanza en nuestras reuniones. Habríamos abordado asuntos como cuánto tiempo durarían las provisiones de alimentos con que contábamos y qué modo de vida adoptaríamos cuando éstas se agotaran. Deberíamos habernos preocupado más por nuestros planes de futuro y haber discutido sobre el lugar en el que habíamos de asentarnos más adelante. Pero el verano y la peste se acercaban y no osábamos mirar al frente. Los corazones enfermaban ante la perspectiva de todo entretenimiento. Si los más jóvenes de entre nosotros, movidos por una hilaridad adolescente y desbocada, sentían el impulso de bailar o cantar, tratando con ello de aplacar su melancolía, se detenían de pronto cuando alguien, presa del dolor y la pérdida, adoptaba un aspecto fúnebre o emitía un suspiro de agonía y se negaba a sumarse al resto. Aunque las risas resonaban bajo nuestro techo, los corazones latían vacíos de dicha. Y cuando el azar me llevaba a presenciar alguno de aquellos intentos de distracción, sentía que mi tristeza, en vez de disminuir, aumentaba. En medio del grupo que iba en busca del placer, cerraba los ojos y veía ante mí la oscura caverna donde la mortalidad de Idris se conservaba, y en torno a la cual los muertos se congregaban, marchitándose en callado reposo. Cuando volvía a tener conciencia del momento presente, la melodía de una flauta o los intrincados movimientos de una hermosa danza me resultaban peores que el coro demoníaco del Valle del Lobo 81y que los avances de los reptiles que rodeaban el círculo mágico.


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