El último hombre
El último hombre Al principio nos entregamos a los preparativos con entusiasmo. No nos despedíamos de nuestro país natal, de los sepulcros de nuestros seres queridos, de las flores, arroyos y árboles que habían vivido junto a nosotros desde nuestra infancia, de modo que el pesar que se apoderaría de nuestros corazones al abandonar París no sería menor. Aquél había sido el escenario de nuestra vergüenza, si recordábamos nuestras últimas contiendas, y nos incomodaba pensar que dejábamos atrás a una manada de víctimas miserables y engañadas, sometidas a la tiranía de un impostor egoísta, de modo que poco habría de dolernos alejarnos de los jardines, los bosques y los palacios de los Borbones en Versalles que, según creíamos, no tardarían en verse manchados por la muerte, sobre todo porque ansiábamos llegar a unos valles más encantadores que cualquier jardín, a estancias y bosques construidos no para la majestad mortal sino para la naturaleza, por muros los Alpes de blancor marmóreo, por tejado el cielo.
Y sin embargo nuestros ánimos flaqueaban a medida que se acercaba el día que habíamos fijado para nuestra partida. Visiones de penurias y malos augurios, si tales cosas existían, proliferaban a nuestro alrededor, de modo que por más que los hombres, en vano, dijeran:
todo esto tiene causa, y es natural,83