El último hombre

El último hombre

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La disciplina y la paz regresaron al fin al castillo. Y entonces Adrian fue de casa en casa, de tropa en tropa, para serenar los ánimos de sus seguidores y recordarles su antigua obediencia. Pero el temor a una muerte inmediata seguía siendo intenso entre los supervivientes de la destrucción de un mundo. El horror ocasionado por el intento de asesinato había pasado y todas las miradas se volvían hacia París. Los hombres necesitan hasta tal punto aferrarse a algo que son capaces de plantar las manos sobre una lanza envenenada. Eso era él, el impostor que, con el miedo al infierno por látigo, lobo hambriento, jugaba a conducir a un rebaño crédulo.

Fue un momento de suspense que incluso vio peligrar la firmeza del amigo irreductible del hombre. Adrian pareció a punto de ceder, de cesar la lucha, de abandonar, con unos pocos adeptos, a la multitud engañada, dejándola allí, convertida en presa triste de sus pasiones y del siniestro tirano que las alimentaba. Pero, una vez más, después de una breve fluctuación de propósito, recobró su valor y su determinación, que se apoyaban en su único fin y en el incansable espíritu de benevolencia que lo animaba. En ese momento, a modo de presagio favorable, su malvado enemigo atrajo la destrucción sobre su propia cabeza, destruyendo con sus propias manos el dominio que había erigido.


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