El último hombre

El último hombre

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La gran influencia que ejercía sobre las mentes de los hombres se basaba en la doctrina que les inculcaba y que afirmaba que quienes creyeran en él y le siguieran, serían los supervivientes de la raza humana, mientras que el resto de la humanidad perecería. Ahora, como en tiempos del Diluvio, el Omnipotente se arrepentía de haber creado al hombre, y así como antes hizo con el agua, ahora con las flechas de la peste estaba a punto de aniquilar a todos menos a los que obedecieran sus mandamientos, promulgados por el autoproclamado profeta. Resulta imposible saber sobre qué bases construía aquel hombre sus esperanzas de mantener tal impostura. Es probable que fuera plenamente consciente de la mentira que la naturaleza asesina podía otorgar a sus afirmaciones y creyera que no sería sino el azar el que decidiría si, en épocas venideras, sería venerado como delegado clarividente de los cielos o reconocido como impostor por la moribunda generación de su tiempo. En cualquier caso había decidido representar el drama hasta el último acto. Cuando, con la aproximación del verano, la enfermedad fatal volvió a causar estragos entre los seguidores de Adrian, el impostor, exultante, proclamó que su congregación se hallaba a salvo de la calamidad universal. Y lo creyeron. Sus seguidores, hasta entonces encerrados en París, habían llegado a Versalles. Mezclados con la banda de cobardes allí congregada, se dedicaban a vilipendiar a su admirable jefe y a asegurarse su superioridad, su inmunidad.


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