El último hombre
El último hombre Pero al fin la peste, lenta pero segura en su avance quedo, destruyó aquella ilusión, invadiendo la congregación de los Electos y desencadenando sobre ellos la muerte promiscua. El falso profeta trató de ocultar el hecho. Contaba con algunos seguidores que, sabedores de los arcanos de su maldad, podían ayudarle a ejecutar sus planes malévolos. Los que enfermaban eran retirados de inmediato, subrepticiamente, y depositados para siempre en tumbas cavadas a medianoche, mientras se inventaba alguna excusa plausible para justificar su ausencia. Al fin una mujer, cuya vigilancia maternal resistió incluso los efectos de los narcóticos que le administraban, fue testigo de aquellos planes asesinos perpetrados en la carne de su única hija. Loca de horror, habría irrumpido entre sus engañados compañeros y entre alaridos de dolor habría despertado sus oídos entumecidos con la historia de aquel crimen demoníaco. Pero entonces el Impostor, en su último acto de ira y desesperación, le clavó una daga en el pecho. Herida de muerte, el vestido chorreando de sangre, con su hijita estrangulada en brazos, hermosa y joven como era, Juliet (pues, en efecto, se trataba de ella) denunció al grupo de adeptos engañados la maldad de su guía. El falso profeta contempló los rostros asombrados de aquellos hombres y mujeres, que pasaban del horror a la furia, mientras los parientes de los ya sacrificados repetían sus nombres, seguros ya de la suerte que habían corrido. Con la perspicacia que lo había llevado tan lejos en su carrera hacia el mal, el canalla vio el peligro que se avecinaba y decidió evadirse de sus formas más dañinas: se acercó a toda prisa a uno de los más adelantados, le arrebató la pistola que llevaba al cinto, y sus risotadas burlonas se mezclaron con el estruendo del disparo con el que acabó con su vida.