El último hombre
El último hombre Nadie movió los restos de aquel miserable. Depositaron el cadáver de la pobre Juliet sobre un catafalco, junto al de su hijita, y todos, con los corazones invadidos por el más triste de los pesares, en larga procesión se dirigieron hacia Versalles. En el camino se encontraron con los que habían abandonado la benigna protección de Adrian y se disponían a unirse a los fanáticos. Éstos les contaron su relato de terror y todos regresaron. Así, finalmente, acompañados por toda la humanidad superviviente y precedidos por la enseña lóbrega de su razón recobrada, se presentaron ante Adrian y volvieron a jurar obediencia eterna a sus órdenes y fidelidad a su causa.