El último hombre

El último hombre

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Resulta curioso, una vez transcurrido cierto tiempo, volver la vista atrás sobre una época que, aunque breve en sí misma, parecía, mientras se desarrollaba, de duración interminable. Hacia mediados de julio llegamos a Dijon, y a finales de ese mes, aquellos días y semanas se habían confundido con el océano de un tiempo olvidado que en su transcurrir rebosaba de sucesos fatales y penas agonizantes. A finales de julio apenas había transcurrido poco más de un mes, si la vida del hombre había de medirse recurriendo a las salidas y las puestas del sol. Pero, ¡ay!, en ese intervalo a la ardiente juventud le habían salido canas. Arrugas profundas e indelebles surcaban las mejillas sonrosadas de la joven madre; los miembros elásticos de los hombres jóvenes, paralizados por la carga de los años, adoptaban la decrepitud de la edad. Transcurrían noches durante cuya fatal oscuridad el sol envejecía antes de salir de nuevo, y días ardientes que aguardaban la llegada de un atardecer balsámico que sofocara el calor malvado, pero que, venido de climas orientales, llegaba desgastado e inútil; días en los que el reloj, radiante en su posición de mediodía, no movía su sombra ni una sola hora, hasta que una vida entera de tristeza llevaba al sufriente a una tumba prematura.




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