El último hombre
El último hombre De Versalles salimos mil quinientas almas el 18 de junio. Avanzábamos en una lenta procesión que incluía todos los lazos de parentesco, amor y amistad existentes en la sociedad. Padres y esposos, extremando los cuidados, reunían a sus familias en derredor suyo. Las madres y las esposas buscaban el apoyo de los hombres que las acompañaban, y luego, con ternura y prevención, se volvían hacia los niños. Se sentían tristes pero no desesperadas. Todos creían que alguien se salvaría. Todos, con ese optimismo que caracterizó hasta el fin a nuestra naturaleza humana, creían que sus familiares se hallarían entre los supervivientes.