El último hombre
El último hombre Atravesamos Francia y la encontramos vacía de habitantes. Uno o dos lugareños subsistían en las ciudades más grandes, por las que vagaban como fantasmas. Así, nuestra expedición no vio incrementado su número con aquellas incorporaciones, sino que menguaba enormemente por culpa de la mortandad, hasta el punto de que resultaba más fácil contar a los escasos vivos que a los muertos. Como nunca abandonábamos a los enfermos hasta que su muerte nos permitía dejar sus cadáveres a recaudo de sus tumbas, nuestro viaje se demoraba, mientras día a día en nuestras tropas se abría una brecha espantosa y sus miembros morían por decenas, por cientos. La muerte no nos demostraba la menor piedad. Habíamos dejado de esperarla y todos los días recibíamos la salida del sol con la sensación de que ya no volveríamos a ver otro amanecer.