El último hombre
El último hombre La naturaleza, o su preferida, que es esta hermosa tierra, exhibÃa sus bellezas únicas en tonos repentinos y resplandecientes. Mucho más abajo, en la lejanÃa, como en el abismo abierto del orbe inmenso, se perdÃa la extensión plácida y azul del lago Lemán. Lo rodeaban colinas cubiertas de viñas, y tras ellas oscuras montañas de formas cónicas o irregulares murallas ciclópeas lo defendÃan. Pero más allá, sobre todo lo demás, como si los espÃritus del aire hubieran revelado de pronto sus vistosas moradas, elevándose hasta alturas inalcanzables en el cielo impoluto, besando los cielos, compañeros del éter imposible, se imponÃan los gloriosos Alpes, ataviados con los ropajes deslumbrantes de la luz del ocaso. Y, como si las maravillas del mundo no fueran a agotarse nunca, sus vastas inmensidades, sus abruptos salientes, su tonalidad rosácea, aparecÃan de nuevo reflejadas en el lago, hundiendo sus orgullosas cumbres bajo las mansas olas, palacios para las Náyades de las aguas plácidas. Ciudades y pueblos se esparcÃan a los pies del Jura, que con sus oscuras quebradas y negros promontorios extendÃa sus raÃces por la extensión acuática que dominaba el llano. Transportado por la emoción, olvidé la muerte del hombre y al amigo vivo y amado que se hallaba junto a mÃ. Al volverme hacia él vi que las lágrimas resbalaban por sus mejillas y que, entrelazando las manos huesudas, componÃa un gesto de admiración.