El último hombre
El último hombre Adrian iba primero. Lo vi al detenerme para aflojar la silla, en nuestra lucha contra una pendiente muy pronunciada, más difícil, al parecer, que todas las que ya habíamos dejado atrás. Él llegó a la cima y su silueta negra se recortó contra el cielo. Parecía contemplar algo inesperado y maravilloso pues, inmóvil, alargaba la cabeza y extendía los brazos un instante, como si saludara una nueva visión. Instado por la curiosidad, me apresuré a unirme a él. Tras pelearme con el precipicio durante unos tediosos minutos, pude contemplar la escena que tanto asombro le había causado.